¿Por qué
practicamos Yoga?- Parte 1
Por Marshall Govindan
“Uno de los debates más importantes que todo
estudiante debe ganar a la mente se refiere a las duda “¿por
qué practicamos Yoga?”. Porque hasta que uno
esté totalmente convencido de su valor en relación
con todo lo demás en la propia vida, no tendrá
la prioridad que es necesaria para escapar de nuestro sufrimiento.
La mente creará dudas y distracciones sin fin hasta
que uno comience a establecerse a sí mismo en una perspectiva
que trasciende la mente. Lee con cuidado y absorbe las implicaciones
de lo que es el debate más importante de tu vida.
Un cambio de perspectiva:
De una forma o de otra todos estamos sufriendo. Individual
y colectivamente. Podemos intentar negarlo, o evitarlo, pero
esto es algo dominante. Nuestro sufrimiento toma muchas formas:
dolor físico, angustia emocional, miedo, ira, envidia,
expectativas respecto a los demás, preocupación
menta, depresión. Buscamos escapar de ello a través
del alcohol, las drogas, la televisión, el comer, el
ejercicio, formas innumerables de distracción, el trabajo,
las terapias y la religión. ¿Pero comprendemos
la causa raíz de nuestro sufrimiento? ¿Y por
qué causamos tanto sufrimiento unos a otros?
La sabiduría es conocer la fuente del sufrimiento
y la fuente de la alegría. El sabio nos dice que es
la confusión de nuestro Ser verdadero con el cuerpo-mente-personalidad
lo que está en la raíz del sufrimiento. Él
nos dice nos dice que cuando nos identificamos con nuestra
alma, permaneciendo firmemente en la perspectiva de un Testigo
interno, podemos conocer la alegría profunda, instantáneamente,
sin esfuerzo.
¿Quién sufre? Puede haber dolor físico,
emociones turbulentas, pensamientos conflictivos. Pero ellos
vienen y van. Y cuando se han ido, permanece quien verdaderamente
somos. Tú eres eso que siempre es, a través
del espectáculo pasajero de las sensaciones físicas,
las emociones y los pensamientos. Tú no puedes ser
nada que venga y se vaya. Tú sólo puedes ser
eso que siempre es. ¿Qué parte de ti nunca cambia?
Toma ahora unas respiraciones profundas, y pregúntate:
“¿Qué parte de mí nunca cambia?”.
Los pensamientos cambian. Las emociones cambian. Las sensaciones
del cuerpo cambian. ¿Qué queda? No le pongas
siquiera una etiqueta. Sencillamente date cuenta de “eso”.
“Eso” es informe, intemporal, inmutable.
Como tu mente está comprometida en leer este artículo,
intentando comprender el tema que estoy señalando,
los pensamientos normalmente surgirán. Pero, ¿puedes
dar un paso atrás y cambiar tu perspectiva, convirtiéndote
en un Testigo de cualquier pensamiento, sentimiento, y sensación
que surja mientras continúas leyendo este artículo?
Si puedes, estarás disfrutando de la perspectiva de
tu alma, que es consciencia pura. A diferencia de todo lo
demás, no puede ser experimentada, porque no es un
objeto. Es el sujeto. Todo lo demás es un objeto. Así,
descubrir Quién eres no tiene que ver con tener una
nueva experiencia. No hay nada “especial” que
experimentar. Tú tampoco te vas a volver “especial”.
Ser “especial” implica estar separado de todo
lo demás. Quien tú eres es eso que está
detrás de toda “cosa”, y por tanto, no
está separado.
"Eso" tampoco puede ser aprendido. La comprensión
implica pensamientos acerca de un objeto de observación
o de consideración. Pero “eso” está
más allá de todos los pensamientos. Eso es simplemente
amor.
Tú no eres tus pensamientos. La mayoría de
ellos no son siquiera tuyos, para comenzar. Tú tienes
pensamientos; ellos vienen y van. Pero tú permaneces.
La mayoría de los pensamientos son generados por los
demás, flotan por alrededor en la atmósfera
mental y luego entran en tu campo de consciencia mental, donde
tú les añades un poco de color local, un toque
personal, y luego lo expresas con “yo pienso”
o “yo estoy desanimado”, “tengo que hacer
esto”, o “vámonos” o lo que sea.
Así, los sabios son aquellos que pueden cambiar de
perspectiva y permanecer en un estado de realización
donde no se identifican con los pensamientos, las emociones
y las sensaciones del cuerpo-mente, sino con la perspectiva
del Testigo del alma. La perspectiva del Testigo del alma
es amor que da extensamente.
Egoísmo
¿Por qué ordinariamente identificamos nuestro
ser con nuestras sensaciones y emociones? En el lapso de un
día somos aptos de confundir “quienes somos”
con diversas identidades, a menudo conflictivas. “Yo
estoy cansado” piensa uno al despertar. Tras una taza
de café y dos llamadas telefónicas, “yo
estoy super-recargado”. Después en el día
“yo estoy orgulloso de lograr esto o aquello, o feliz”,
o enamorado. Pero, al final del mismo día, “yo
estoy” aburrido, celoso, envidioso o perturbado, furioso
o infeliz, y puedo incluso odiar a la misma persona que adoraba
antes en el día. Así que ¿cuál
de éstos te describe? “Tú” no puedes
ser todas estas emociones y sensaciones cambiantes. Tú
no eres ninguna de estas cosas.
Si te pregunto quién eres tú, podrías
decirme tu nombre, y cómo te ganas la vida; quizás
tu estatus marital y con quién te relacionas, como
“la madre/el padre de tres niños”. Podrías
decirme de dónde eres, qué te gusta, qué
no te gusta, dónde trabajas, tu religión. Y
si tuviéramos más tiempo comenzarías
a contarme historias sobre ti mismo y sobre lo que tú
crees. Sin embargo, si te encuentro un año después,
cualquiera de estas cosas puede haber cambiado, puedes haber
perdido tu trabajo, haberte divorciado, haber cambiado lo
que te gusta y lo que no te gusta del mundo, y ahora tienes
nuevas historias que contarme. ¿Así que quién
eres tú? ¿Realmente? No puedes ser nada de lo
anterior, porque todo ello es temporal. Sólo puedes
ser eso que nunca cambia. Porque si cambia, ya no puede ser
más.
Estamos muy confundidos acerca de nuestra identidad. ¡Pensamos
o decimos “yo” miles de veces más al día!
¿Pero quién es este “yo”? La palabra
para “yo” en griego es “ego”. El ego
podría ser definido como el hábito de identificarnos
con el cuerpo, la mente y las emociones. Siempre que hacemos
o pensamos o sentimos algo repetidamente, se forma un hábito.
Los lóbulos interiores del cerebro programan nuestros
hábitos para facilitar nuestras respuestas a estímulos
externos que provienen de los cinco sentidos. Tenemos miles
de hábitos, son únicos a cada individuo. La
forma como caminamos, hablamos, comemos, conducimos un coche,
tratamos a los demás, las cosas que nos gustan y que
no nos gustan, todas éstas se basan en hábitos.
Juntos, su suma se añade a lo que es referido como
nuestro karma: las consecuencias de nuestros pensamientos,
palabras y acciones pasados. El hábito más significativo
que tenemos cada uno es el hábito de identificarnos
con nuestros pensamientos, emociones y sensaciones. Decimos
o pensamos: “yo pienso” o “yo siento”
o “yo estoy cansado” o “yo estoy alterado”.
Sin embargo, verdaderamente, no somos nada de estas experiencias.
Es correcto decir: “Los pensamientos que tengo sobre
eso son.....” o “mi cuerpo está cansado”,
o “me siento alterado por eso”. Esto es, todo
lo que experimentamos es un objeto, no es el sujeto. Quien
soy verdaderamente, la consciencia pura del Testigo, es el
sujeto. Así que el egoísmo es realmente un caso
de identidad errónea. Como un actor, pretendemos que
somos alguien que no somos, olvidando nuestra verdadera identidad.
Consecuencias del egoísmo
Así, la consecuencia más importante del egoísmo
es el sufrimiento. El sufrimiento depende de cómo reaccionas
a lo que sucede. Es por tanto distinto del dolor. Por ejemplo,
el dolor puede suceder cuando te caes y te golpeas tu cara
y tu codo. El sufrimiento implica emociones como ira, vergüenza
y remordimiento que le siguen. Por causa del egoísmo
te identificas con tales emociones, maldices y pierdes tu
sentido de ecuanimidad y del humor. El sufrimiento de lanza
fuera del equilibrio. El ego puede lanzarte fuera del equilibrio.
Quien tú eres verdaderamente no puede hacerlo. Quien
eres verdaderamente mantiene un sentido de la ecuanimidad.
Es por tanto importante estar vigilante y notar las manifestaciones
del ego, antes de que se desequilibre y te arrastra hacia
sentimientos negativos. Éstos incluyen:
1. Deseo: imaginar o fantasear el placer derivado de algún
objeto o circunstancia, o sentir aversión hacia algo
que creemos que nos causará algún dolor o incomodidad.
Es pasajero, pero nos impide disfrutar del momento presente.
El deseo es una trampa, porque cualquier deseo nos convencerá
de que “estaríamos mejor” si sólo
pudiéramos satisfacer ese deseo. Éste quema
hasta que es satisfecho, luego hay una suspensión temporal
del deseo hasta que surge el nuevo deseo, normalmente justo
después. Los deseos no tienen fin. La próxima
vez que sientas deseos de algo, pregúntate “¿quién
desea?”, e inmediatamente te volverás hacia tu
ser verdadero, y ver las cosas desde su verdadera perspectiva,
la del Testigo. En verdad, no hay nadie que desee; los deseos
vienen, y se van. Cuando estás satisfaciendo un deseo,
de nuevo, obsérvate a ti mismo disfrutándolo.
Cultiva la perspectiva de un observador amoroso y desapegado.
Uno que ama no desea nada.
2. Ira. Incluye todos esos sentimientos fuertemente apasionados
sostenidos hacia alguien o algo, incluso uno mismo, cuando
los deseos son frustrados. La ira misma forma un hábito.
Debe ser rechazada o reorientada. La ira siempre afecta negativamente
al que la posee. El sabio no guarda la ira. La ira puede ser
siempre redirigida hacia acciones positivas para ayudar a
corregir un error. Uno que ama no puede retener la ira.
3. Codicia: implica querer más para ti mismo, más
que querer el bien de los demás. La codicia es una
práctica de estar centrado en uno con respecto a todo;
querer la mayor parte de todo, sea riqueza financiera, comida,
gratificación sensual, gratificación emocional
o gratificación espiritual. Uno que ama verdaderamente
no es codicioso.
4. Orgullo: es una opinión muy exagerada sobre uno
mismo, frecuentemente resultando en desprecio y en mal trato
hacia los demás. Uno se siente como superior de algún
modo. Puede manifestarse cuando uno se identifica con sus
logros personales, o con los logros de una religión,
de un equipo deportivo, con la propia raza, nacionalidad,
o siempre que haya un pensamiento de “yo” o “nosotros”
frente a “ellos”. El orgullo esconde la realización
de nuestro Ser verdadero y nos vuelve incapaces de ver la
realidad subyacente de todo. El orgullo confina al amor.
5. Envidia, malicia y celos: es la amargura que es experimentada
al ver a los demás felices o teniendo algo que uno
no tiene. También oscurece la fuente interna verdadera
de gozo. La amargura restringe el amor de modo que uno no
es capaz de experimentarlos ni siquiera para sí misma.
El sabio ve estas manifestaciones del ego como oportunidades
para la propia purificación: dejando partir lo que
uno no es, de modo que uno puede disfrutar de la fuente interna
de bienestar y de amor.
.
Copyright 2007 por M.Govindan.
Todos los derechos reservados |