Babaji's Kriya Yoga
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Yogui S.A.A. Ramaiah,
Apóstol del Siddhantham de Kriya Yoga tamil

Por M. Govindan Satchidananda

Yogui S.A.A. RamaiahEl 9 de mayo de 1923, en la mansión ancestral de S.A. Annamalai Chettiar, una joven mujer, Thaivani Achi, dio a luz a su segundo hijo, Ramaiah, que significa "Ram adorando a Shiva". S.A. Annamalai Chettiar, dos años antes, había volado en el primer avión privado de Inglaterra a la India. Tenía su propio aeropuerto privado cerca de su hogar. Su familia era la más rica del sur de la India, habiendo amasado una fortuna como banqueros mercantes y comerciantes por todo el sudeste de Asia, durante cientos de años. Su hogar, "Ananda Vilas" ("el lugar del gozo") era la segunda más grande en la villa de las mansiones, Kanadukathan, en una zona conocida como "Chettinad", a 60 kilómetros al norte de Madurai, la antigua capital de Tamil Nadu. Chettinad estaba habitada principalmente por el clan Nattukottai Chettiar, de varios cientos de familias. Los Chettiar eran los primeros banqueros del sudeste de Asia, y su imperio comercial abarcaba el sur de Asia, Malasia, Sri Lanka, Vietnam, Burma e Indonesia. Ellos habían financiado también la construcción de la mayoría de los grandes templos del sur de la India, con sus colosales torres gopuram, durante los pasados cientos de años. El actual ministro de finanzas del gobierno de la India, P. Chidambaram, es el primo de Yogui Ramaiah, y ha construido su carrera sobre una sólida reputación por su honestidad y perspicacia en los asuntos financieros. S. Annamalai, el padre de su padre, era un gran filántropo y hombre de negocios; su hermano, Raja Sir Annamalai Chettiar, hizo su fortuna importando teca de la India al sur de la India, y su hogar palacial, de cientos de metros, estaba situado al lado de Ananda Vilas, incluyendo un garaje con tres coches. Desde entonces se ha convertido en un industrial líder. Pero su hermano, el joven padre de Ramaiah, estaba más interesado en aviones, coches rápidos, caballos de carreras, en apuestas y en gastar el dinero de su padre. La madre de Ramaiah, también una Chettiar, era una devota mujer joven, con un fuerte interés en la espiritualidad y el misticismo. Era una discípula de "Chela Swami" un enigmático “santo infantil” y sadhu u hombre santo, que vagaba de vez en cuando por su hogar. Completamente desnudo, los niños del pueblo lo trataban a veces como a un loco, lanzándole piedras. Pero nadie pudo nunca determinar por qué él estaba siempre sonriendo; los niños del pueblo le daban algunos plátanos, o le masajeaban los pies con reverencia, y él sonreía; luego algunos de ellos podían reírse a su costa o intentar engañarlo, y él sólo sonreía como respuesta. Nadie sabía dónde vivía o adónde iba cuando desaparecía durante semanas o meses; iba y venía como el viento. Pero Thaivani Achi era devota de él.

El joven Ramaiah fue educado por tutores y disfrutó de la vida de un miembro del círculo más elitista de la India colonial. Jugaba al golf, llevaba vestidos ingleses y viajaba frecuentemente en motocarro a 300 kilómetros al norte de Madrás, donde su padre tenía en propiedad casi una milla de la costa al sur de la catedral de San Thome. Ramaiah estaba interesado en la ciencia y en la literatura tamil. Mientras su padre apostaba la fortuna de la familia, Ramaiah se preparaba para la educación universitaria. Su padre quería que entrara en los negocios, pero Ramaiah fue firme. Cuando fue admitido en la universidad de Madrás, Presidency College, la institución más prestigiosa del sur de la India en 1940, pidió permiso a su padre para inscribirse en el tema de geología. Tras una calurosa discusión, y tras la intercesión de la madre de Ramaiah, S.A. Annamalai accedió y dio su consentimiento.

Ramaiah destacó en sus estudios y en 1944 se graduó el primero de su clase. Solicitó sus estudios de postgraduado en John Hopkins University en Baltimore, EE.UU., y fue aceptado. Su padre se opuso a esta propuesta, insistiendo en que Ramaiah debía comenzar una carrera en el imperio de negocios familiar. Finalmente, Ramaiah tuvo éxito en convencer a su padre para que le dejara ir a América, pero antes de hacerlo, debía casarse primero. Prometido desde hace años con Solachi, una joven mujer cuya rica familia viva en la mansión al lado de Ananda Vilas, se celebró la boda y su joven esposa comenzó a hacer preparativos para el largo viaje a América. Sin embargo, el destino intervino y Ramaiah contrajo tuberculosis ósea. Los mejores médicos ingleses fueron llevados para tratarlo, pero como la tuberculosis ósea era y es una enfermedad incurable, lo más que pudieron hacer fue detener su avance más allá de sus piernas. Lo hicieron aprisionándole en una escayola que se extendía de sus pies hasta su cuello. Al inmovilizar su cuerpo de esta manera esperaban detener el desarrollo posterior de la enfermedad. Permaneció en esta situación, colgado de los postes de la cama y suspendido en el aire, durante seis años. Su familia le dejó solo con su joven esposa y algunos sirvientes, en su chalet de la playa, en el número 2 de Arulananda Mudali Street, (ahora Arulandam Street), San Thome, Mylapore, Madrás.

Mientras que la mayoría de las personas habrían sucumbido probablemente a la desesperación en tal situación inimaginable, Ramaiah tuvo una fuerza que le permitió sobrevivir en este difícil periodo. Su madre le había dado un amor innato por la espiritualidad, y así, más que ver esta situación como una maldición, descubrió que podría usarla para explorar los reinos internos de su alma. Siendo un ávido lector, Ramaiah estudió los clásicos de la literatura espiritual india. Estaba particularmente impresionado por los poemas de Ramalinga Swamigal y los escritos de Sri Aurobindo. Su familia había valorado a Ramana Maharshi durante tres generaciones, y él podía apreciar su método de Vichara Atman. Incapaz de moverse o de implicarse en cualquier actividad normal, comenzó también a practicar seriamente la meditación, y siempre que era posible, enviaba a su chofer con una invitación a famosos sadhus o gurús que estaban visitando el área. Intrigados por la sinceridad de este hombre joven, encerrado como estaba en una escayola, venían y le formaban en el arte de la meditación y la respiración. Incapaz de explorar el mundo exterior, volvió su atención al mundo interior. Sin otras distracciones, hizo un rápido progreso. Uno de los sadhus que tuvo mayor influencia sobre él fue un hombre de mediana edad llamado "Prasanananda Guru". Era un famoso "tapaswi", un asceta que podía permanecer inmóvil durante muchas semanas, encerrado en la meditación o trance. Ha menudo era convocado por los caciques de zonas azotadas por la sequía por su habilidad para hacer que lloviera. En 1948 acabó con una sequía de tres años en Chettinad, tras sentarse durante 48 días en el templo Brahmanoor Kali temple, a un kilómetro del pueblo, realizando tapas yóguicas o meditación intensa. Al final de “un mandala” de 48 días la lluvia vino torrencialmente. Desde entonces la sequía no ha vuelto a esa zona.

Otro de los primeros gurús de Ramaiah fue Omkara Swami, anterior trabajador postal, que se volvió un famoso “tapaswi” que podía sentarse sin moverse durante 48 ó 96 días sin pausa, encerrado en un trance de samadhi. Ellos compartieron con Ramaiah su íntimo conocimiento de la sadhana yóguica. En 1952 Ramaiah escribió y publicó una biografía de Omkara Swami titulada "Un santo gozoso". Ellos mantuvieron una amistad hasta el fallecimiento de éste en los 60.

El 10 de marzo de 1952, el día en el que Yogananda alcanzó el mahasamadhi en Estado Unidos, un pintoresco sadhu y discípluo de Shirdi Sai Baba vino al hogar de Ramaiah en San Thome, y tras demostrar sus poderes clarividentes, predijo con gran seguridad que Ramaiah pronto sería curado. Pero antes de que esto pudiera suceder Ramaiah sucumbió a la desesperación, y una noche decidió quitarse la vida reteniendo su aliento. Entonces, cuando lo estaba haciendo, oyó de repente una voz que decía: “¡No te quites la vida! ¡Entrégamela a mí!”. Sobresaltado, tomó una profunda respiración, preguntándose quién podría ser. Luego descubrió que debía ser la misteriosa figura que había empezado a ver en sus meditaciones tras la visita de Mouna Swami. La primera vez en que esto sucedió tuvo una visión de Shirdi Sai Baba, llevando su paño característico en la cabeza. Preguntó ansiosamente a Shirdi Sai Baba: "¿Eres mi gurú?". La réplica fue: "No, pero yo te revelaré quién es tu gurú”. Justo entonces vio por primera vez a su gurú "Babaji".

A la mañana siguiente, Ramaiah se despertó con la comprensión de que había sido curado. El médico inglés fue llamado y la escayola retirada. Para la sorpresa de todos, el examen del médico reveló que la terrible enfermedad había desaparecido. Durante los días siguientes Ramaiah recuperó el uso de sus piernas. También comenzó a cantar suavemente el nombre "Babaji" y luego "Om Babaji" y "Om Kriya Babaji", y finalmente el mantra "panchakra" "Om Kriya Babaji Nama Aum", con gratitud y deleite plenos.

Un día después vio un anuncio en un periódico sobre un nuevo libro sobre la renombrada santa "Satuguru Rama Devi", titulado "9 Boag Road", que era la dirección de su residencia en Madrás. El autor era V.T. Neelakantan, un notable periodista. Ramaiah escribió le una postal, pidiendo una copia del libro y dirigiéndose a él como “Querido Atman”. Al recibirla, el periodista pensó que el remitente de la carta debía ser “un monedero”, esto es, alguna persona rica ociosa, pero, llevado por la curiosidad, decidió hacerle una visita en San Thome.

Así comenzó una amistad y una colaboración que duró cerca de quince años. V.T. Neelakantan había estado recibiendo visitas frecuentes de madrugada por la misma figura misteriosa, Babaji, en su habitación de puja en Egmore, Madrás. Babaji reveló pronto a Neelakantan que debía trabajar junto a Ramaiah para establecer una sociedad de yoga en su nombre, "Kriya Babaji Sangah", y escribir y publicar sus enseñanzas en una serie de libros. Durante los siguientes dos años, durante sus visitas de madrugada al hogar de V.T. Neelakantan, Babaji dictó varios libros a V.T. N., "mi niño", tal como Babaji le llamaba: "La voz de Babaji y Misticismo revelado", "La llave maestra para todos los males" y "La muerte de la muerte". V.T.N., entonces con 52 años, había sido corresponsal extranjero tanto en Japón como en Londres, antes y después de la segunda guerra mundial, para uno de los principales periódicos de la India, the Indian Express. Por esto se convirtió también en el confidente del Pandit Nehru, presidente del Partido del Congreso, y posteriormente primer ministro de la India cuando ésta se independizó de Gran Bretaña en 1947. Antes de la guerra, durante más de quince años había trabajado codo con codo con Annie Besant, la antigua presidenta de la Sociedad Teosófica y sucesora de Madame Blavatsky, que la formó en lo oculto. Él estaba también casado y era el padre de cuatro hijos y una hija. Al final de 1940 dejó su familia durante dos años, y se fue a los Himalayas como renunciante, donde estudió con Swami Sivananda y otros santos.

En el 10 de octubre de 1952 se fundó oficialmente el "Kriya Babaji Sangah", y en el hogar de San Thome de Ramaiah se organizaron conferencias regulares, clases de meditación y otras actividades públicas. Ramaiah era el presidente, y V.T. N. era el "Acharya". Se adquirió una imprenta y el “Kriya Yoga Magazine” fue publicado varias veces al año. Fueron escritos más libros a pesar de la frágil salud de V.T.N. Ramaiah escribió las introducciones y V.T.N. escribió los dictados de Babaji. Babaji comenzó a dirigir la sadhana de V.T.N., Ramaiah y Solachi, con instrucciones específicas respecto a la meditación y los mantras en particular.

Babaji también comenzó a aparecerse a Ramaiah y en 1954 Babaji le citó en Badrinath, en los Himalayas. Babaji le pidió que saliera del templo de la villa, situado a una altura de 3.500 metros, sin llevar nada y vistiendo sólo un paño en la cintura. Ramaiah, entonces con 31 años, vagó hacia el norte del valle a través del río Alakanantha River, la principal fuente del Ganges, llegó un día a su glaciar, se encontró con dos sadhus sentados en una roca lisa. Uno le sonrió, el otro le miró desdeñosamente y comenzó a lanzarle insultos: “¿Cómo alguien con la piel oscura del Sur de la India se atreve a vagar por aquí, vestido sólo con un paño?”, se burló. Ramaiah siguió un poco más arriba más allá de los silbidos del sadhu, y se sentó sobre una roca y comenzó a meditar. Pasaron varias horas. De repente, oyó que alguien se aproximaba y le urgía a que bajara hasta la villa para comer. Ramaiah le indicó que no lo haría, y que debía ser dejado solo. Pasaron varias horas más; estaba oscuro, luego, de repente, el mismo sadhu que le había sonreído volvió y comenzó a ponerle comida en la boca. “Jai Babaji” pensó. “Incluso aquí, en este frío, desolado lugar sin árboles, Babaji se preocupa de alimentarme”.

Tras tres días de vagar, Babaji se reveló físicamente a Ramaiah y le enseñó la ciencia sagrada del Kriya Yoga. Durante los siguientes meses, en su cueva al lado del lago glacial conocido como Santopanth Tal, treinta kilómetro al norte de Badrinath, Ramaiah aprendió un sistema completo de 144 Kriyas o técnicas, que implicaban respiraciones, posturas de yoga, meditación y mantras. También disfrutó de la compañía de los principales discípulos de Babaji, Annai Nagalakshimi Deviyar, también conocida como Mataji, y Dadaji, que era conocido como Swami Pranavanandar en su encarnación previa, al igual que otros discípulos cercanos del gran Satgurú. Entre otras cosas, Babaji también le enseñó como soportar la fría temperatura con un ejercicio respiratorio.

Tras diversos meses en los Himalayas, tras su retorno a Madrás en 1955, Ramiah se comprometió en un “tapas” o periodo muy riguroso de práctica, durante el cual adoró a la Madre Divina en la forma de Kali, en su aspecto más temible. Con el fin de purificarse uno mismo de los deseos y de vencer tales limitaciones como el miedo y la ira, la adoración de Kali se considera especialmente efectiva. Ella personifica “el desapego” de los apegos del ego, simbolizados por las cabezas que ella corta. Mientras que Patanjali, en sus Yoga Sutras, recomienda secamente el vairagya o desapego como el método principal del Raja Yoga clásico, tal práctica asume una forma personal cuando uno se compromete seriamente con el tapas ascético. Al sentarse uno quieto en una habitación durante muchos días la naturaleza humana se rebela, y sólo una entrega completa a la Divinidad, en la forma de Madre Naturaleza, Kali, parece ser le permitió vencer la resistencia de su ego. “Tap” significa “calentar”, y “tapas” significa “enderezar a través del fuego”, o “desafío voluntario”. Es el término original para “Yoga”. Comienza con la expresión de un voto, por ejemplo, no abandonar un lugar, o no comer, o no hablar, etc., durante un periodo establecido, por ejemplo, un “mandala” de 48 días. Los 40 días en el desierto de Jesús fue una forma de tapas. Habiendo completado su tapas, Ramaiah nació de nuevo; él había experimentado estados profundos de quietud, conocidos como samadhi, y a partir de entonces sería conocido como “Yogui Ramaiah”. Babaji le dio también diversas tareas: comenzar el estudio de fisioterapia y de terapia yoga con el fin de ayudar a aquellos que, como él mismo, eran minusválidos; comenzar a enseñar Kriya Yoga en la India y en el extranjero; y comenzar a investigar y a reunir los escritos de los gurús de Babaji, Boganathar y Agastyar.

Yogui Ramaiah, junto con Solachi, se trasladó a Bombay donde se apuntó en un programa para hacerse fisioterapeuta en el G.S. Medical College Hospital, el más grande de la ciudad. También estudió y aplicó yogasanas con éxito al tratamiento de sus pacientes. Alrededor de 1961, hacia el final de sus estudios allí, pidió permiso a sus profesores para dirigir experimentos clínicos. Les dijo que creía que podría curar unos 20 tipos diferentes de desórdenes funcionales sólo con el uso de yoga, incluyendo diabetes, hipertensión, apendicitis e infertilidad, todo dentro de un periodo de tres meses. Se le concedió permiso y los pacientes fueron elegidos por los médicos asistentes. Durante res meses trabajó todos los días con estos pacientes, guiándolos y animándolos en su práctica de yoga, junto con regímenes de dietas y tratamientos de sol. Tras tres meses, para sorpresa de los médicos, todos los pacientes se pusieron bien. Como reconocimiento, fue premiado con un diploma honorario. Prefiriendo no esperar más para completar los requisitos académicos, volvió a Madrás, donde fundó una clínica gratuita para los pobres de San Thome, especializándose en los minusválidos, y también un departamento de rehabilitación ortopédica en Adyar, Madrás. Dirigió la clínica gratuita durante casi diez años. El departamento de rehabilitación ortopédica sigue funcionando hasta hoy en Mount Road, justo al norte del puente Adyar. En 1985 el autor visitó con Yogui Ramaiah el G.S. Medical College, y demostró las 18 yoganasanas mientras Yogui Ramaiah daba una conferencia a unos 500 profesionales del personal en el auditorio. Su uso exitoso del Yoga todavía era recordado por los miembros más mayores del personal.

A partir de 1956 Yogui Ramaiah y Solachi comenzaron a viajar a Sri Lanka, Malasia y Vietnam, donde condujo conferencias, clases de yogasanas e iniciaciones en Kriya Yoga, al igual que campamentos médicos gratuitos para los minusválidos. Un devoto, un ingeniero que vive en el número 51 de Arasady Road, en Jaffna, Sri Lanka, narró al autor en 1980 cómo había visto a Yogui Ramaiah varias veces en sus sueños antes de su primer encuentro. En 1958 Sri Lanka fue sacudida por los primeros disturbios entre tamiles y singaleses. Estos sucedieron mientras Yogui Ramaiah estaba dirigiendo su tercer “Parlamento de las religiones del mundo y del Yoga” anual. Era una conferencia ecuménica atendida por líderes locales de varios grupos religiosos. Un participante fue Swami Satchidananda, representando a la Divine Life Society, fundada por Swami Sivananda. Un tamil de Coimbatore, se impresionó profundamente por Yogui Ramaiah y sus esfuerzos por el ecumenismo. Así comenzó una amistad de por vida. Cuando Swami Satchidananda se fue a América en 1967, fue al ashram de la playa de Yogui Ramaiah en San Thome para recibir sus bendiciones. Yogui Ramaiah le llevó al aeropuerto y le dio una despedida real. Después de que Yogui Ramaiah mismo se trasladara a la ciudad de Nueva York, en 1968, ellos a menudo asistieron a los actos del otro. Por ejemplo, la ceremonia de graduación de estudiantes del curso de lenguaje tamil dirigido en el ashram de Yogui Ramaiah en el número 112 de East 7th Street, Nueva York, y el Parlamento de las religiones del mundo y de Yoga en Rutgers University, en 1969. En Sri Lanka, en 1958, el primer ministro vino al último día del Parlamento para dar las gracias a Yogui Ramaiah y a los demás oradores por ayudar a calmar los tumultos con sus discursos promoviendo la comprensión entre religiones.

A comienzos de los 60 Malasia y Solachi encontraron en Malasia muchas personas interesadas en el Kriya Yoga. Solachi había recibido de su familia, como parte de su dote de matrimonio, una gran plantación de caucho. El bisabuelo de Yogui Ramaiah salvó su vida milagrosamente a finales del siglo XIX gracias a un misterioso yogui, posteriormente identificado como Babaji. El suegro de Yogui Ramaiah, el dr. Alagappa Chettiar, había fundado una universidad en Pallatur, a 8 kilómetros de Kanadukathan, donde Yogui Ramaiah solía enseñar Yoga. Él quería mucho a Yogui Ramaiah. Pero tras la muerte de aquél, las familias de la itinerante pareja comenzaron a condenar su estilo de vida itinerante y su interés en el Yoga, y la ausencia de niños. Era inaudito que tales jóvenes se comprometieran tan seriamente en el Yoga, a menos que renunciasen a todo como sannyasines. Temiendo que lo hicieran, aumentaron las discusiones, y Solachi cayó gravemente enferma. Durante su convalecencia ella se trasladó al hogar de su madre en Kanadukathan. Las relaciones de ésta con su yerno se deterioran, y durante los últimos días de la vida de Solachi, en 1962, la codiciosa madre engañó a su hija para que firmase la entrega de todas sus propiedades, le robó sus joyas e impidió que Yogui Ramaiah pudiera verla. Tras su muerte, la suegra de Yogui Ramaiah agravó la tragedia al sobornar a un juez de Malasia para que la hiciera titular de las propiedades de su hija en ese país.

En este tiempo, Yogui Ramaiah decidió romper con su propia familia. Su madre había fallecido, y su padre era un materialista, activamente opuesto a las actividades de Yogui Ramaiah respecto al Yoga. Se hicieron comentarios despreciativos, y finalmente Yogui Ramaiah decidió que debía romper de una vez por todas con su familia. Más que esperar a recibir su parte de la propiedad familiar, normalmente distribuida tras el fallecimiento de los padres, negoció un acuerdo que le dio dinero suficiente para comprar una gran casa en Kanadukathan, en la calle 13 AR. Durante varios años ha sido usada como un hotel para estudiantes universitarios locales. Durante los 70 Yogui Ramaiah la renovó y construyó dentro de sus paredes distintos edificios sagrados: un santuario para Babaji, un santuario para Siddha Avvai, conteniendo mil manuscritos de hojas de palma escritos por los Siddhas que él había recogido durante muchos años de colecciones privadas y de museos mientras vagaba por todo Tamil Nadu; y santuarios de Mataji y de Dadaji. Sobre la verja de entrada se construyó una hermosa torre goupuram con la imagen de los 18 Yoga Siddhas. A pesar de su práctica de Yoga, sin embargo, Yogui Ramaiah afectado por su familia, y, como veremos más adelante, después hizo esfuerzos considerables por rehabilitar su reputación dentro de su familia.

Yogui Ramaiah escribió y publicó un libro sobre las 18 posturas, profusamente ilustrado con fotografías, al igual que un libro titulado “Canciones de los 18 Siddhas”, en 1968, con selecciones de los manuscritos de hoja de palma que había recogido. Babaji, explicó, le había asignado la tarea de que sus obras fueran publicadas un día. Su amigo cercano, el poeta tamil y renombrado yogui discípulo de Sri Aurobindo, Yogui Shuddhananda Bharatiyar, escribió una hermosa introducción a esta obra. En años posteriores, Yogui Ramaiah transcribió los escritos de Boganthar de los manuscritos de hojas de palma y los publicó luego en tamil, en un libro moderno, en varios volúmenes, comenzando en 1979. Durante años continuó publicando una revista de Kriya Yoga con la ayuda de V.T. Neelakantan. Sin embargo, su larga colaboración finalizó alrededor de 1967, cuando hubo una separación de tipo personal. Las razones para la separación son desconocidas para este autor, ya que Yogui Ramaiah evitó hacer comentario alguno sobre V.T.N., incluso cuando el autor le preguntó en 1972. (No obstante, en el 2003 el autor obtuvo información de los hijos de V.T.N. acerca de los últimos años de éste. V.T.N. continuó siendo devoto de Babaji y practicando regularmente, en particular la sadhana de mantras, hasta su fallecimiento en 1983 en Madrás; la esposa de V.T.N. falleció en 1992. Él vivió una vida tranquila y privada hasta el final; no hubo una reconciliación con Yogui Ramaiah).

En 1967 Yogui Ramaiah se fue a Malasia y luego a Australia, donde condujo iniciaciones en Kriya Yoga. Una estudiante, Filinea Andlinger, tenía una propiedad a varias horas de conducción de distancia de Sydney, y ahí había una enorme cueva. Babaji hizo tapas intensas en esta cueva, según un relato de Babaji a Yogui Ramaiah.

A comienzos de 1968 Yogui Ramaiah se trasladó a los Estados Unidos. Cuando llegó a la ciudad de Nueva York esperaba trabajar como fisioterapeuta, pero sus credenciales académicos no fueron reconocidos. Así que decidió adquirir calificación profesional americana tan pronto como fuera posible, apuntándose a cursos de protesistas y ortotesistas. Hasta entonces, sin embargo, vivió en condiciones primitivas en un edificio abandonado de East 5th Street, en el bajo Manhattan, y trabajó a tiempo parcial en una librería. Comenzó a dar charlas y clases relacionadas con el Yoga que atrajeron a gente joven local. Era el “verano del amor” en la ciudad de Nueva York, y el Haight Ashbury de San Francisco. La gente joven buscaba nuevas maneras de “volar” y psicodélicos, y el Yoga estaba entrando en la consciencia de la nueva generación. Él animó a sus nuevos barbados y jóvenes estudiantes a practicar Yoga y a conseguir un trabajo. A su alrededor se formó una pequeña comunidad de seguidores, y se alquilaron varios apartamentos para alojarlos a ellos y a las actividades del recién formado "American Babaji Yoga Sangam". Su primer presidente, Dolph Schiffren, se las arregló para obtener una “tarjeta verde” de residencia permanente para Yogui Ramaiah, como el ministro-fundador de esta nueva organización sin ánimo de lucro. También adquirieron su primera propiedad en América, un solar de 30 acres parcialmente arbolado en Richville, N.Y., en una subasta, sin haberlo visto, por 3,000 dólares. Ya que estaba a siete horas de conducción desde la ciudad de Nueva York, podría servirles durante los retiros de verano. Los primeros seguidores incluían a Dolph Schiffren, su esposa Bárbara, Mary Chiarmante y su pareja Richard, al igual que Lloyd y Teri Ruza. Posteriormente, Leslie Stella, Andrea Auden, Ronald y Anne Stevenson, Donna Alu, Michael Bruce, Michael Weiss, Cher Manne y el autor, al igual que David Mann, hermano del famoso productor de Hollywood Michael Mann, y Mark Denner.

Antes de trasladarse a California en el verano de 1970, Yogui Ramaiah llevó a Dolph y a Bárbara con él a Madrás, donde dirigieron clases y desarrollaron el centro. En septiembre de 1970 Yogui Ramaiah se trasladó a Downey, California, donde vivió con el autor y cuatro estudiantes más en un pequeño apartamento en Longworth Boulevard. Después se trasladó a una pequeña casa, con los mismos estudiantes, en Chester Street, en Norwalk, y se apuntó a los estudios de Prótesis y Ortesis en la cercana Cerritos College, y comenzó a llevar a casa piernas y brazos artificiales para trabajar con ellos. También comenzó a dirigir conferencias y clases de yoga. Charles Berner le invitó, junto con a otros yoguis bien conocidos, incluyendo a Yogui Bhajan, Swami Satchidananda y Swami Vishnudevanda, a un encuentro sobre la organización de la primera "kumba mehla" en Norteamérica. Él visualizó a seis Boeing 747 llevando a varios miles de sadhus de la India a los terrenos de un granjero en Oregón. El autor asistió a varios encuentros que para organizar la logística, pero la propuesta sucumbió bajo el peso de su propia grandiosidad. Sin embargo, Yogui Bhajan invitó a Yogui Ramaiah a su hogar, justo fuera de Sunset Boulevard, en Hollywood, para un encuentro privado. El autor le acompañó. Fue una ocasión memorable. Yogui Bhajan, el maestro Sikh, de un metro ochenta de altura y unos 110 kilos mínimos de peso, con su atavío real, turbante blanco, sentado al lado del diminito Yogui Ramaiah, que estaba vestido como su ídolo, con un sencillo dhoti de khadi envuelto en su cintura y un paño sobre sus hombros. Su único parecido era sus grandes barbas y sus ojos brillantes. Durante casi media hora no se intercambiaron palabras. Se sentaron en silencio, mientras el autor se preguntaba qué estaba pasando. Después se intercambiaron algunos comentarios y partimos. Un par de semanas después, durante un encuentro público de devotos Sikhs, Yogui Bhajan le dijo a la multitud que se había encontrado con un gran santo, Yogui Ramaiah. El autor comprendió entonces que su comunicación había sido al nivel más profundo posible. Cuando en una ocasión le pregunté a quién consultar respecto a Kundalini, si estaba disponible, me recomendó a Yogui Bhajan. Así comenzó una larga amistad. En diciembre de 1970 Yogui Bhajan fue uno de los principales oradores del “Parlamento de religiones del mundo y de Yoga” celebrado en UCLA. El autor disfrutó invitando a la mayoría de oradores que asistieron. Cuando nos trasladamos a nuestro nuevo ashram Yogui Bhajan atendió la ceremonia de dedicación. Comentando cuántos cabellos grises había ya en la barba de Yogui Ramaiah, recuerdo que se lamentó acerca de cómo había vuelto tras llevar a su primer grupo de discípulos Sikhs americanos a Amritsar, en el Punjab, y cómo ellos le habían producido tantos cabellos grises. Como discípulos “sois piedras de molino alrededor de nuestros cuellos”, y nos exhortó a seguir fieles a nuestro camino.

A comienzos de 1971, durante varios meses, Yogui Ramaiah inició a doce de sus estudiantes a las 144 kriyas, aquellos que estaban viviendo en los centros que había establecido en California, Nueva York, Washington, D.C., Baltimore y Nueva Jersey. Antes de ser aceptados para esta formación tuvieron que practicar las técnicas de Kriya Yoga que ya habían recibido durante la primera y segunda iniciación, durante al menos 56 horas por semana, durante 52 semanas. Tuvieron que enviar también informes sobre sus empleos, día semanal de ayuno y silencio, y otras disciplinas. Yogui Ramaiah sabía cómo inspirarnos y motivarnos para que nos superásemos en nuestras sadhanas yóguicas. El autor y la mayoría de sus estudiantes dedicados adoraban las prácticas. “Vida sencilla y pensamiento elevado” era uno de sus lemas, y nos sentíamos santificados por todo lo que él hacía por nosotros. Él organizó también una peregrinación al Monte Shasta, al norte de California, y varios retiros y muchas conferencias, donde habló con gran inspiración sobre “el Tamil Yoga Siddhantham”, las enseñanzas de los 18 Yoga Siddhas.

A lo largo de su vida Yoguiyar sintió que había sido traicionado a menudo, tanto por su familia como por sus estudiantes. Tenía una naturaleza inflexible, y maneras autoritarias y controladoras. Él sabía qué era lo mejor, y no apreciaba que nadie cuestionase su sabiduría o su manera de hacer las cosas. Parecía sentirse orgulloso de ser capaz de “aplastar el ego” de sus diversos estudiantes, como si esto fuera el medio más efectivo para la liberación. Apreciábamos su habilidad para revelar nuestro “lado de sombra”. A diferencia de algunos gurús, que tratan a sus estudiantes sólo de la forma más respetuosa y amorosa, Yoguiyar, tal como le llamábamos afectuosamente, evitó la confusión que implicaba tal enfoque. Él no nos amaba tal como éramos como personas, con todos nuestros complejos, sino que nos amaba tal como éramos en realidad. Al hacer astillas los apegos personales externos e idiosincrasias, nos ayudó a descubrir nuestro Ser más profundo y verdadero. Como estudiantes aceptamos este enfoque, que implicaba muchas reprimendas dolorosas, largas sesiones de karma yoga que implicaban labores manuales, o actividades rutinarias durante horas interminables. Él raramente reconocía nuestros talentos, al menos no personalmente, y se negaba a relegar más que la tarea más servil. En la organización, parecía casi siempre hacer lo opuesto a lo que sería más efectivo, evitando el reconocimiento, acabando en un pequeño grupo de estudiantes consagrados a la práctica de Kriya Yoga y al trabajo, que incluía trabajar sobre nosotros mismos. Por ejemplo, durante sus retiros, más que recoger una cantidad fija al comienzo del retiro, enviaba a varios estudiantes durante la primera o segunda noche, mientras los estudiantes estaban durmiendo, con peticiones para contribuir con 5 dólares para el “fondo para el perro”, ó 20 dólares para el “fondo para el edificio”, ó 15 dólares para el “fondo para el coche”. Así, cada vez que uno tenía que alcanzar su cartera, uno recibía otra lección sobre “desapego”. Sin embargo, si no te dabas cuenta de que el juego que jugaba era “atrapar al ego”, podías fácilmente sentirte ofendido y marcharte rápidamente. Aquellos que permanecieron lo hicieron desarrollando un buen sentido del humor.

Yoguiyar valoró también mucho la educación, y animó a todos sus estudiantes a que volvieran a la escuela y que buscaran más calificaciones. Muchos de sus estudiantes habían rechazado la sociedad, pero él los motivó para que hicieran una contribución a ella, en particular en el campo de la salud. Muchos de ellos se volvieron ortesistas y protesistas cualificados: Edmund Ayyappa ha sido durante muchos años el director de investigación en Ortésis en la Administración de Veteranos en Long Beach, California, y ha desarrollado muchos innovadores miembros artificiales controlado electrónicamente. Ronald Stevenson y John Adamski fundaron su propia clínica de P & O en Virginia y Chicago, respectivamente. Otros se volvieron enfermeros. Como el autor tenía ya varias calificaciones de la Escuela de Servicio Exterior, Yogui Ramaiah le pidió que fuera a Washington, D.C. en 1973, tras un año en la India, y que pasara los exámenes de servicio civil; posteriormente le aconsejó que aceptara una posición como economista civil en el Pentágono en 1972, donde trabajó durante cuatro años. Yoguiyar mismo obtuvo sus diplomas de Órtesis y Prostesis, y trabajó durante varios años como técnico de laboratorio de prostesis y ortesis, haciendo y ajustando miembros artificiales. En esta ocupación también comenzó a visitar campos de trabajadores emigrantes en Imperial Valley en 1973, con un taller portátil en una pequeña caravana. Luego, al descubrir que el cálido clima del desierto se parecía al de su hogar ancestral en la India, compró un solar de 10 acres en Imperial Valley, con una vieja granja, y comenzó a pasar mucho de su tiempo allí. Obtuvo un puesto como instructor en la faculta local de Imperial Valley, en un momento en el que el Yoga era relativamente desconocido. Dirigía sus clases vestido con el dhoti indio y una manta blanca de laboratorio, y enseñaba a sus estudiantes de la facultad cómo mejorar su salud y bienestar a través de las posturas de Yoga y la respiración. Sin embargo, tras ocho años allí, la oposición de los cristianos fundamentalistas de la facultad, junto con sus frecuentes obligaciones de viajar, acabaron con su permanencia allí, pero obtuvo un puesto en la Arizona State College, a hora y media de conducción de Yuma, Arizona. El autor firmó la hipoteca para comprar una pequeña granja de cinco acres de terreno, en las afueras de la ciudad. Durante este tiempo comenzamos a reírnos de la tarjeta profesional de Yoguiyar, que mencionaba más y más calificaciones y posiciones académicas conforme se desarrolló su experiencia educativa. Después consiguió un doctorado en la Pacific Western University, por correspondencia, y se hizo una fotografía de estudio con toga y birrete. Aunque parecía ser incapaz de comprometerse en charlas sociales con conocidos, y no parecía importarle que su apariencia fuera totalmente ajena para los extraños, su tarjeta de presentación parecía jugar un papel importante para decir a los que encontraba por primera vez que él era alguien que no era tan extraño después de todo.

Durante sus tres décadas en Estados Unidos, donde se nacionalizó en 1975, dio miles de conferencias y demostraciones relacionadas con terapia Yoga, en hospitales y en conferencias médicas. Algunos lo consideraron un entrometido en tales conferencias por sus esfuerzos por elevar sus estándares. En las conferencias de P & O, en particular, hizo un esfuerzo concertado para elevar la mentalidad y el profesionalismos de los participantes. Incluso en los 70 el taller común de P & O mostraba calendarios de chicas en las paredes, y las conferencias eran principalmente sobre alcohol. Así que Yoguiyar inspiró a varios de sus estudiantes mujeres, incluyendo a Suzanne Fournier, para que se volviera prostesistas y ortesistas profesionales. A los profesionales médicos, en todos los niveles, les enfatizó que el elemento más importante al tratar los pacientes era “amar a la persona”, no las drogas o la tecnología. Él mismo trató los casos peores, personas sin piernas o brazos algunos, o severamente deformados, con tanto amor como si fuera el Maestro mismo, con gran cuidado y confianza en que podría hacer algo por ellos.

Él amaba a los animales, y mantuvo una colección de perros, gatos, cabras y vacas en los centros de Yuma e Imperial Valley. Incluso en Richville, el centro de Nueva York, insistió en que mantuviéramos a un enorme toro Charolais blanco durante muchos años. Aunque era una carga para nosotros cuidarlos, sentimos que era importante para nosotros tratarlos con reverencia, especialmente cuando nuestros vecinos los veían sólo como una fuente de comida. Las “vacas sagradas” como en India, eran más que un recuerdo para nosotros. Eran un elemento en su aspiración de llevar la cultura india a Occidente. Nuestros vestidos, nuestros hábitos alimenticios, la forma en la que dormíamos en el suelo, íbamos al baño, nos bañábamos, e incluso evitábamos los muebles, y especialmente la televisión, todo era parte de un experimento social, si no una mini-invasión en una cultura materialista. Él no iba a volverse igual que sus vecinos, y si tú eras su estudiante y querías vivir en uno de los centros que él había establecido, tenías que adaptarte a su forma cultural. También había una razón muy práctica para este requisito: cuando fuimos enviados a vivir y practicar y trabajar en la India, todos nos adaptamos bien, y pudimos vivir allí durante años sin dificultad. Éste era por supuesto un tiempo en el que la India tenía pocas de las comodidades occidentales, y en consecuencia, ordinariamente era muy difícil para los occidentales vivir allí. Él concentró su atención en formar a unas pocas personas que podrían mezclarse con su energía, hacer la sadhana y ayudarle a cumplir las tareas que recibió de Babaji. Él también señaló que estaba plantando “semillas” que podrían tardar cientos de años en dar fruto. Estas “semillas” podrían brotar en la consciencia colectiva y en la cultura de la sociedad occidental durante las décadas siguientes. Cuando el autor le preguntó cómo podría estar América a mitad del siglo 21 él respondió tranquilamente que podría estar “al mismo nivel que la espiritualidad de la India”. Sus acciones estaban a menudo no motivadas por ganancias a corto plazo, sino por los efectos a largo plazo sobre el planeta en su totalidad. Aunque sus motivaciones parecían a veces enigmáticas, a menudo estaban arraigadas en los antiguos principio de la cultura yóguica.

A diferencia de la mayoría de los maestros, Yoguiyar financió sus actividades de forma no comercial. Durante casi tres décadas, los seminarios de iniciación, por ejemplo, que duraban varios días, implicaban una donación de sólo 16 dólares. Todos los gastos regulares y extraordinarios, sin embargo, fueron pagados por el estudiante o la docena de estudiantes que vivían en los seis centros que había establecido en Norteamérica. Hizo muy difícil que alguien se convirtiera en residente, pero una vez habían probado su capacidad para vivir una vida dedicada y disciplinada, pedía mucho de ellos. Se les pedía que pagasen de sus modestos salarios, trabajando a menudo en dos trabajos para que salieran las cuentas, las cantidades requeridas para mantener sus extensos viajes, las facturas de automóvil, teléfonos y servicios públicos, y la impresión de proyectos extraordinarios de libros. Más que pedir al público o a los nuevos estudiantes que pagasen por la formación, los residentes de sus centros básicamente subvencionaron a su misión y al público. Era karma yoga, servicio desinteresado, y enseñó a los residentes la bendición de dar desde el corazón y el desapego de las posesiones materiales. También se negó a hacer lo que llamó establecer un “puesto de venta”, ofreciendo libros, imágenes y parafernalia a los estudiantes. Todo el énfasis de sus centros residenciales era ofrecer un entorno donde sus residentes pudieran practicar Kriya Yoga ocho horas al día, tras trabajar en empleos lucrativos ocho horas al día y tomar parte de sus necesidades físicas y hacer karma yoga las ocho horas siguientes. Este horario permitió a los residentes volverse extremadamente dinámicos y concentrarse en la práctica yóguica sin distracción. Sólo una vez a la semana se le permitía al público visitar los centros con el propósito de asistir clases públicas gratuitas de yogasanas. Esto era la antítesis del fenómeno de estudios de Yoga que gradualmente se convirtió la norma en todas partes. Él quería que sus estudiantes integrasen la práctica de Yoga en su vida diaria, y no comercializarla o hacerla un medio para ganarse la propia vida.

Una de los medios declarados de Yogui Ramaiah de “ayudar” a sus estudiantes fue lo que él llamaba “aplastamiento de ego”. Era un maestro para orquestar situaciones de tal forma que los estudiantes pudieran estar cara a cara con las reacciones de su ego: ira, resentimiento, celos, dudas, inseguridad, orgullo y casi toda otra limitación humana concebible. Por ejemplo, podía obligar a dos residentes a vivir juntos en uno de sus centros. Si uno de ellos tenía un coeficiente de inteligencia de 85 y otro de 150, ponía al más torpe a cargo del centro, pero cuando las cosas iban mal podía echar la culpa al más listo. También evitaba alabar a ninguno de sus estudiantes. A veces uno podía oirle decir cosas, como “por qué no puedes ser tan bueno como tal y tal”, pero esto lo decía para producir un efecto en la persona a la que estaba riñendo. Podía alzar a los que carecían de autoconfianza, por ejemplo, para que volvieran a sus estudios formales en la universidad, y podía desinflar las pretensiones de aquellos que eran muy confiados u orgullosos. Podía ser despiadado en ensartar el ego. Este enfoque, aunque muy controvertido, requiere una integridad absoluta por parte del maestro. Si sirve a su ego, es abusivo. Finalmente es purificador, pero uno debe estar comprometido en el proceso de “dejar partir” cualquier cosa que venga en forma de reacciones. Finalmente conduce a la liberación de los samskaras o tendencias habituales, y a la Auto-realización. Pero, como dato de gran interés, no es un método que sea mencionado en texto alguno de los Yoga Siddhas, como los Yoga Sutras de Patanjali o el Thirumandiram. Es parte de la tradición tántrica el honrar al gurú como medio de descubrir al gurú interior. Si, no obstante, ello implica que sólo un ego se someta a la voluntad de otro ego, es meramente un ejercicio de poder. Encuentra su verdadero valor como parte del “juego de la consciencia”, donde uno usa la relación para descubrir al Ser, al Vidente, como opuesto a lo Visto y a todo lo que tiene forma. El “gurú” es un principio de la naturaleza que le conduce a uno de la oscuridad de la ignorancia a la luz de la consciencia; puede manifestarse a través de eventos, situaciones y personas, pero cuando se manifiesta consistentemente a través de un individuo podemos decir que esta persona es un “gurú”. Uno no debe, sin embargo, cometer el error de confundir a la persona con el “principio del gurú”. La persona es un vehículo, y a veces el vehículo tiene defectos. El estudiante no debe entregar su poder a nadie, sino que debe honrar el “principio de gurú” trabajando a través de quienquiera o cualquier cosa que le traiga sabiduría. Es por eso también por lo que Yoguiyar decía a menudo “yo no soy un gurú”, pero también aceptaba ser honrado como tal.

A pesar de sus excentricidades, Yoguiyar era encantador, y lo amábamos profundamente. Podía pasarse horas al teléfono escuchando a alguno de sus estudiantes, al otro lado del país, narrando todos sus problemas. Regularmente dormía sólo tres horas por la noche, negándose incluso a tomar su cena “hasta que estuviera hecho el trabajo del Maestro”, lo cual normalmente era alrededor de las tres de la madrugada. Rotábamos como su asistente personal cada dos semanas, llegando fortificados y preparados para sesiones sin parar de karma yoga, y lo dejábamos exhaustos. Su nivel de energía era nada menos que increíble. Cuando la presión del trabajo, la sadhana, el karma yoga y el aplastamiento del ego se volvía demasiada, ocasionalmente, alguien abandonaba. Quizá ellos sencillamente querían una forma más fácil. Nuestro número se hizo menor, y Yoguiyar, como lo llamábamos con afecto, lo hacía incluso más difícil para los recién llegados que se unieran a la docena de centros que había establecido por alrededor de Estados Unidos. Conforme nuestro número disminuyó, la carga se incrementó para los estudiantes que quedaban, en términos de mantener los centros.

Era una persona destacable. Una vez, durante una peregrinación a través del país, paramos para pasar la noche en Pike's Peak, Colorado. Yoguiyar anunció que se iba al bosque para meditar solo, y que nadie debía seguirle. Vencido por la curiosidad, el autor le siguió y se escondió detrás de un árbol, presenciando cómo se sentó en postura de meditación, cruzó sus brazos, elevó los ojos arriba y ¡desapareció en una bola de luz que parecía el sol! El autor se pellizcó varias veces y se frotó los ojos para asegurarse de que no estaba soñando. Tras media hora la bola de luz disminuyó lentamente y regresó la forma familiar de Yoguiyar. Se levantó, y conforme comenzaba a caminar hacia nuestro campamento, señaló al autor y le riñó por haberle desobedecido. Cuando el autor le preguntó posteriormente qué había estado haciendo, Yoguiyar le dijo que estaba “plantando semillas” en varios lugares, que esperaba que pudieran crecer en importantes centros de vida espiritual algún día del futuro.

En muchas ocasiones Yoguiyar reveló también sus "siddhis" o poderes yóguicos milagrosos. Esto sucedía en el curso de las interacciones con él. Tenía una habilidad para saber exactamente lo que estábamos pensando, para visitarnos durante nuestros sueños y para decirnos lo que habíamos estado haciendo en privado durante el día anterior, cuando estábamos lejos y solos. Pero nunca hizo un espectáculo con sus poderes. Y no nos permitía permanecer con él más de unas semanas, en la mayoría de los casos. Nos enviaba a varias partes del país o al extranjero, para practicar y trabajar, y para volvernos fuertes. De esta forma, el autor estuvo en una variedad de trabajos, y comenzó o desarrolló varios centros en países tan lejanos como Gran Bretaña, Australia, Malasia, India, Sri Lanka y varias ciudades de Estados Unidos y Canadá.

En el parlamento, en Sri Lanka en 1958, demostró su habilidad para detener su pulso en un brazo, mientras lo doblaba en el otro, al tiempo que daba una conferencia ante el público. Dos médicos sostuvieron sus brazos e informaron de ello. En 1967, en Australia, demostró el estado sin respiración del samadhi en un laboratorio médico. Antes de entrar en este profundo estado de trance pidió al médico que le atendía que evitase cualquier esfuerzo para revivirlo. Pero esta petición fue ignorada cuando el médico se encontró con que el latido del corazón y la respiración de Yogui Ramaiah se habían reducido a cero. El médico le inyectó una sustancia para estimular su corazón, y casi muere en el proceso repentino de volver a la vida. Tras esto, Babaji le dijo que evitase tales demostraciones en el futuro.

Su "siddhi" más grande, sin embargo, era quizás su destacable amor y devoción por Babaji. Esto era palpable, y cuando daba conferencias era como si el gran Maestro hablase a través de Yoguiyar. Podía cantar con la más sentida devoción "Om Kriya Babaji Nama Aum" a lo largo del día. Frecuentemente refería las cosas a Babaji o mencionaba de pasada cómo Babaji le había revelado determinadas cosas. Babaji era el centro de su vida, y él hizo de Babaji el centro de nuestras vidas. Trabajaba incansablemente para servir a Babaji en cualquiera que venía hacia él. Sea a través de clases, consejos individuales, actividades de grupo, conferencias o la organización de centros y de ashrams donde podíamos practicar Kriya Yoga sin ser molestados, su corazón y su mente estaban concentradas en servir. A través de su ejemplo aprendíamos también cómo le enseñaba Babaji. Ha menudo mencionaba que Babaji “no le servía a cucharadas en la boca” las lecciones personales que debía aprender, sino que le decía que “las descubriese por sí mismo”, cuando afrontaba determinadas cuestiones. De esta forma llegamos a comprender que Yoguiyar tenía sus propias limitaciones, pero como estudiante más antiguo de Babaji, había mucho que emular en él. Un buen sentido del humor ayudó mucho para aceptar sus maneras o reprimendas. Aunque no pudiéramos comprender por qué nos trataba de determinada manera, sabíamos que nos amaba. A veces no podía simular estar serio y soltaba una sonrisa a mitad de una reprimenda, y sabíamos que lo estaba haciendo para impresionar. Sus escenas dramáticas dejaban su impresión en nosotros. Cuando daba instrucciones personales por teléfono, usualmente repetía la misma cosa varias veces con el fin de imprimir en nuestro subconsciente la lección que quería transmitir.

Desde 1954 hasta al actualidad, cada año, con la guía e inspiración de Babaji, Yogui Ramaiah organizó un Parlamento anual de Religiones del Mundo y de Yoga, alternando entre la India y Occidente. En estas conferencias de dos o tres días, que estaban abiertas al público, gratis, de quince a veinte oradores de diversos credos compartían por turno sus creencias y prácticas, y educaban al público en su religión o camino espiritual. Entre ellos habían cristianos fundamentalistas, monjes budistas, rabbís judíos, yoguis y swamis, sacerdotes católicos e incluso profesores espirituales de la nueva era. Su tema era “unidad en la diversidad” y servían como un poderoso antídoto para la más común de las enfermedades espirituales: el fanatismo religioso. Es un logro destacable haber continuado este servicio durante tanto tiempo y tan bien.

Yogui Ramaiah exhibió también una fuerte característica de sus ancestros Chettiar: una necesidad de construir templos. Además del ya mencionado antes en Kanadukathan, construyó también un pequeño santuario a Babaji en el ashram de San Thome, a comienzos de los 60; un pequeño santuario de yantra en Bear Mountain, en Nueva York en 1960; un santuario subterráneo de yantra en el Monte Shasta en 1970; un santuario a Ayyappa Swami en Imperial Valley, California, en 1972; un santuario relativamente grande de granito, en 1974, en el lugar de nacimiento de Babaji en Porto Novo, Tamil Nadu; un gran santuario a Muruga en Richville, al norte de Nueva York, en 1975; otro santuario a Babaji en 1977 en Washington, D.C.; y un santuario a la Madre Divina Kali en Long Island, N.Y. en 1983, posteriormente trasladado a Grahamsville, N.Y. en Catskills. En 1987 construyó también un gran y hermoso santuario a Palaniandavar (Muruga) en lo alto de una montaña en el campus de su facultad en Athanoor, Tamil Nadu. En 1983 construyó su templo más importante, en su ashram de Yuma, Arizona. Alojó los murtis o estatuas de granito de los 18 Yoga Siddhas que había estado solicitando durante más de una docena de años de Mahabalipuram, justo al sur de Madrás. Era su proyecto de construcción más ambicioso hasta la fecha. Sabiendo plenamente bien que descansaría sobre una gran falla de terremotos, lo hizo construir sobre una pila de cimientos de hormigón hundida profundamente en la tierra, usando un cemento con la dureza de las presas. Durante casi cuarenta días estuvo prácticamente sin dormir, durante su construcción, tan preocupado estaba de que estuviera libre de cualquier defecto. Cuando se acabó se organizó una gran celebración, y los periódicos de toda Arizona se llenaron de reportajes y de muchas fotografías del exótico nuevo templo. Luego, un par de semanas después, tuvo un serio ataque al corazón. La tensión del trabajo había podido con él. Sufrió una quíntuple intervención de bypass en el Sinai Hospital en Los Ángeles. El cirujano nos contó después que sus arterias no estaban bloqueadas, pero que eran remarcablemente delicadas.

Durante su convalecencia Yoguiyar comenzó a hacer algunos cambios no sólo en su estilo de vida sino también en su organización. Anunció la formación de un panel de directores que tomarían la responsabilidad de la administración de diversos centros y ashrams tras su muerte; también se llevó al autor una noche, y bajo una farola le dictó una lista de condiciones para cumplir con el fin de asumir la responsabilidad de iniciar a los demás en las 144 kriyas. Nunca le ha pedido a nadie más, antes o después, que cumpliera estas responsabilidad. Le llevó al autor tres años completar estas condiciones, que implicaban extenuantes sadhanas y otras disciplinas. Cuando Yoguiyar confirmó esta completación, le dijo al autor simplemente que “esperase”.

En 1980 y 1981 Yoguiyar envió al autor a la India y luego a Sri Lanka. Tras completar algunas tareas respecto a publicaciones de los escritos de Boganathar, le animó a que viviera calladamente en un retiro recluido en la playa de Dehiwala, justo al sur de Colombo. Había poco que hacer, así que el autor hizo voto de dedicar todo su tiempo ahí a la sadhana intensa en silencio. Los primeros tres meses fueron muy difíciles porque la mente no era capaz de distraerse a sí misma leyendo o trabajando, pero luego la noche y el día se volvieron uno, y una paz inefable comenzó a impregnar su consciencia. Tras once meses vino Yogui Ramaiah. El autor no quería finalizar su tapas. Yoguiyar insistió en que debía volver a América, donde tenía mucho trabajo que hacer. Pero, para su placentera sorpresa, la paz que había ganado ahí permanecía siempre fácilmente accesible. Por ello permanece agradecido por siempre. Pero antes de marcharse dedicó un pequeño santuario a Babaji en Katirgama, en el lugar donde Babaji obtuvo nirvikalpa samadhi bajo la tutela de Boganathar, y un pequeño ashram en la playa en 59 Peters Lane, Dehiwala, construido con la ayuda de Murugesu Candaswamy, y el anterior jefe de justicia de la corte suprema, el Dr. H.W. Tambiah, presidente honorario de nuestro Lanka Babaji Yoga Sangam.

En 1985 el autor acompañó a Yoguiyar en una gira de servicios médicos de dos semanas por la República Popular China. Eran una extraña visión para los chinos, que en ese tiempo la mayoría seguía vestidos con sus trajes “maoístas”. Comimos sólo arroz y brécol fibroso durante tres veces al día, ¡tan poco preparados estaban nuestros anfitriones para los vegetarianos! Después, ese año, en el All India Institute of Medical Sciences, fue invitado a presentar una charla sobre Yoga junto con otros varios distinguidos oradores en una conferencia de un día sobre meditación. En la plataforma de oradores estaba flanqueado por Su Santidad el Dalai Lama, un joven maestro espiritual Sri Ravi Shankar, un famoso monje jaina y el entonces ministro de interior y futuro primer ministro, Niramsinha Rao. Cuando el Dalai Lama habló lentamente, tras cada frase, hacía una pausa y preguntaba a su asistente, un traductor, si lo que había dicho en inglés era correcto. Era muy encantador. Tras hablar durante sólo 15 de los 45 minutos permitidos, el joven Sri Ravi Shankar, que en ese tiempo era prácticamente desconocido para el público, anunció que daría respetuosamente su tiempo a restante a Yogui Ramaiah. Yoguiyar larga y elocuentemente sobre el Yoga Siddhantham y Babaji, y de la necesidad nuestra vida espiritual, a través de la meditación, a todas las áreas de nuestra vida. Naramsinha Rao impresionó enormemente al autor cuando dijo: “La razón por la que medito cada día es porque me permite aceptar más y más responsabilidad”.

En 1986 Yogui Ramaiah vendió nuestros centros en la ciudad de Nueva York y Nueva Orleans, y con lo que obtuvo de la venta compró 145 acres de tierra a cinco kilómetros de la villa de Kanadukathan, con la ayuda de dos estudiantes, Meenakshisundaran de Estados Unidos y Murugesu Candaswamy, de Sri Lanka. Tras la impresionante ceremonia para cada uno de los nueve edificios que esperaba construir allí, como parte del propuesto Hospital y Facultad de Rehabilitación y Yoga, dejó al autor para que administrase la construcción, asegurando que el trabajo hecho por los contratistas estaba de acuerdo con nuestros requerimientos. Era una tarea que intimidaba. Durante visitas previas a la India, el racionamiento de los materiales y la burocracia hicieron siempre muy problemáticos los proyectos de construcción como la reconstrucción del ashram de San Thome o el de Kanadukathan. Era un terreno desértico abandonado, lejos de cualquier morada humana, sin agua a menos de un kilómetro. Cincuenta mujeres fueron contratadas para transportar agua en cubos sobre sus cabezas, para que pudiera ser mezclado el cemento. En nueve meses fueron edificados nueve edificios, para el asombro del autor. El ministro de industria del estado de Tamil Nadu vino e inauguró el complejo. Cuando el autor volvió a Canadá algunos meses después, solicitó a la Agencia Canadiense para el Desarrollo Internacional una donación para apoyar el nuevo centro de rehabilitación. El gobierno canadiense envió a un funcionario al complejo de la India e hizo un informe. Aunque las instalaciones eran hermosas y bien equipadas, informó, no había administración. Desgraciadamente, nuestra solicitud fue desestimada. El autor comenzó a preguntarse si la indisposición de Yoguiyar a delegar y su necesidad de controlar todo era de nuevo su obstáculo más grande. Incluso antes de que el complejo fuera construido, él y otros le habían pedido a Yoguiyar que no construyese en un lugar tan apartado. Serviría a su propósito, sentimos, sólo cerca de un área más poblada. Yoguiyar era inflexible en cuanto a que sería construido sólo cerca de Kanadukathan, e indicó que esto era así porque necesitaba probar algo a su familia. El patrón del karma familiar todavía no se había agotado, pero unos años después, Yoguiyar fue aceptado de nuevo por su familia. Ellos le invitaron a sus reuniones y le permitieron ocupar una de las habitaciones de Ananda Vilas, la habitación donde había nacido.

Hasta el día de hoy Yogui Ramaiah continúa ofreciendo fisioterapia a los pobres de su zona, y cursos breves de Yogaterapia y Fisioterapia a estudiantes locales y extranjeros. Su ashram de Kanadukathan ha permanecido también como su lugar de investigación, y durante los pasados diez años ha publicado las obras completas del Siddha Agastyar, en cuatro grandes volúmenes, en su original tamil. Una cosa está clara, él ha permanecido fiel a las cosas que más le importaban en su vida: las obras de los Siddhas, su cuidado y atención por los disminuidos físicos, sus ashrams y santuarios en la India y Estados Unidos, y su amor y devoción por Babaji y la enseñanza y la práctica de su Kriya Yoga Siddhantham. Aunque puede ser fácil encontrar falta en él por su posesividad, su necesidad excesiva de controlar, su incapacidad de delegar, sus excentricidades y su tratamiento de “aplastamiento de ego” para sus estudiantes cercanos, en suma, sus medios, también es importante valorar los resultados finales. La cuestión crucial es ¿cuán bien sirvió el modelo de Yogui Ramaiah a sus estudiantes? ¿Cuánto los acercó a Babaji? ¿Y a la Auto-realización? ¿Al cumplimiento de sus aspiraciones más queridas? ¿No limitó el crecimiento de sus estudiantes más antiguos al negarse a delegar mayores responsabilidades en ellos? Aunque inspiró a muchos durante un tiempo, la mayoría se fueron de él tras algunos años, por diversas razones. Sin embargo, creo que en casi todos los casos convenció a aquellos que le conocían de la realidad de Babaji y de la posibilidad de cultivar una relación personal con él, al igual que del valor del Yoga. El propio ejemplo de Yoguiyar dio un amplio testimonio de todo esto. Está más allá del alcance de esta biografía evaluar lo que hicieron posteriormente los estudiantes con lo que él les dio, pero quizás ello pueda ser hecho con la eventual inclusión de recuerdos personales de algunos de ellos.

Algunos podrán preguntarse por qué Babaji ha derramado tanta gracia sobre sus discípulos cercanos V.T. Neelakantan y Yogui Ramaiah, y luego permitió que su relación se rompiera tras quince años, y que éste último continuase tal como lo hizo. Ellos ignoran el hecho de que incluso Babaji permite a aquellos cercanos a él que aprendan sus propias lecciones y que trabajen sus tendencias kármicas. Los discípulos de Babaji no son robots, con los samskaras borrados y la iluminación implantada por su Satgurú. Aunque las autobiografías románticas y las biografías barnizadas escritas por devotos normalmente evitan mencionar la humanidad si no las caídas de sus sujetos apreciados, tales narraciones hacen más daño que bien. Dan la falsa y romántica noción de que el camino espiritual está lleno de milagros, que el gurú nos dará la iluminación, y de que la naturaleza humana no se resiste vehementemente a nuestros esfuerzos por volvernos divinos. Es por ello que, al escribir este texto, el autor ha intentado evitar embellecer la verdad de las cosas, y dar cuenta de la humanidad, lo enigmático y lo problemático en la biografía de Yogui Ramaiah, aunque evitando un juicio respecto al porqué. En años recientes algunos lo han criticado y han dudado de él, pero lo han hecho sin conocer siquiera a la persona, ni nada de su vida y de sus luchas. Espero que este testimonio les haga detenerse y reflexionar más profundamente acerca de su propia naturaleza humana, antes de “lanzar piedras” a los demás. Que su vida y su ejemplo, en su totalidad, nos sirva como lección para todos.

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